Valió la pena, por unos instantes fue feliz.

No pasaron ni siquiera una hora en aquel bar, y sin embargo aquellos instantes fueron suficientes para que Julián saborease de nuevo el rencuentro consigo mismo. La enfermedad degenerativa que sobrellevaba le había prácticamente llevado a la invidencia. A pesar de la enfermedad, su fuerza interior y su coraje le permitían aferrarse a esas últimas luces que le llegaban a sus ojos para seguir viendo y viviendo. Y lo más importante para seguir dando luz. Ana jamás olvidará su sonrisa. Sigue leyendo

Sarna

- Antes de entrar tienes que saberlo. Pero tranquila, hemos desinfectado ya toda la casa. Puede ser que tenga la sarna. No es seguro, esta tarde, me he pasado tres horas esperando para ver el médico. Me picaba todo el cuerpo y tuve miedo. Él me vio y por precaución nos ha recomendado que no tengamos contacto físico. Así que ni siquiera te podré dar un abrazo. No te preocupes, es sólo con el contacto directo, podemos cenar tranquilos. No te lo hemos dicho antes porque teníamos miedo que no vinieses, teníamos ganas de verte.

Julián se había pasado toda la tarde cocinando, había preparado con esmero un cocido de su país. Mientra Ana miraba como la masa era amasada directamente sobre la mesa, un fuerte picor le empezó a recorrer su cuerpo. No había marcha atrás, cenaría y compartiría como siempre hablando de todo aquello que era exclusivo a ellos y a la amistad que les unía dejando de lado los cuestionamientos, pensando y esperando que fuese únicamente lo imaginario, lo que a su cuerpo estaba picando. -Pero… ¿ cómo es posible ?, ¿qué ha pasado? ¿cómo ha podido ser?

- No he sido yo, ha sido mi sobrina – Tu sobrina tiene sólo 16 años, ¿qué ha pasado esta vez, dónde se ha metido? – Bueno, – respondió – a ella se lo pegó su prima, no sabemos muy bien… pero por lo visto el nuevo amigo vive en un albergue, y ya sabes como son esos sitios. Para su desgracia, el muchacho no ha tenido una vida fácil y encima se la quería hacer más difícil a los demas.Lo peor de todo es que no le había dicho nada a la muchacha.

Poco a poco, Ana fue dejando de lado su angustia, comieron el cocido, y para sus adentros pensó que tal vez le faltaba un poco de sal a toda aquella comida.

 

Ana y el principito

Ana no pudo resistir el emocionarse al llegar a casa y de manera impaciente abrir, oler y sentir de nuevo, las páginas del Principito.

Sabía que se había roto el hechizo.

La primera vez que pisó el país, lo hizo acompañada del libro prestado que semanas atrás había releído y con el que una vez más había llorado.

Cada vez que sus ojos acariciaban ciertos párrafos de la obra, las páginas se estremecían por verse una vez más empapadadas. Sigue leyendo

Un encuentro en crisis

Pasaron muchos días sin tener ni una sola noticia de John. Cada día, sus ojos se perdían en la ventana del establecimiento de enfrente. Ana sabía que volvería, y así fue.

Como un día más, Ana se encontraba en su trabajo como el de cualquier otro que no cuenta con una gran responsabilidad. Sumergida en sus pensamientos, en la espera de algo que hacer, sus ojos miraban a ninguna parte. De repente, en el medio de su nada, apareció él.

A pesar de vestir una corbata ridícula, de llevar un traje demasiado grande para sus hombros, de encontrar unos ojos fatigados y un color de piel descolorido, a Ana le dio un vuelco el corazón, su cuerpo entró en un estado agitado del que sólo se daría cuenta en los instantes después de que partiese, cuando un sudor frío recorrió su espalda.

Aunuque durante todo este tiempo, Ana había imaginado cientos de veces el rencuentro entre los dos, fue incapaz de controlar el brillo entusiasmado de sus pupilas reflejadas en sus ojos. Durante unos instantes, en aquel lugar, no existió nada ni nadie más, sólo existían ellos dos.

Jonh, le habló de la restructuración de su banco, de sus idas y venidas de un lado a otro. Le contó también que la oficina de París cerraba y que ahora habría que fusionarse con la oficina de Londres, que no tenía tiempo, que tenía otra reunión en la otra punta de la ciudad a las 15.30 con ese mismo traje, pero que a pesar de todo quiso pasar para ver sus ojos aunque sólo fuese por instante. Mientras Ana medio escuchaba los titubeos que le contaba, ella se perdía en lo mucho que se había acordado de él y de los posibles riesgos que había tomado tanto en su trabajo como en su vida… de quien iba pagar sus riegos y que, al fin y al cabo, en la relatividad de este mundo de locos, sin saber muy bien ni como ni porqué él estaba frente a ella en ese preciso momento.

John, fiel a su carácter americano, le fue honesto, y le confesó rápidamente que el tiempo que tenía era para comprar un bolso exclusivo que no había podido conseguir la primera vez que habían coincidido sus caminos en aquel mismo lugar. En un intento casi fallido de romanticismo, le reiteró que la quería ver la próxima vez.

La sarta de palabras confesadas se le repetían en su cabeza al mismo tiempo que todavía sentía el calor de los besos dados y que todavía le restaba en sus mejillas. Como si se tratase de la espectadora que atiende a la ejecución del acto más desagradable de su vida, imagino que aquella compra del marinero, que tanto riesgo le había supuesto, tendría que ser para una de las muchas damas que, como ella, deseaba cuidar. Ana contó los minutos que él pasó dentro de aquel espacio,queriendo provocar una nueva despedida, sabiendo ya, que tendría que esperar sin esperar otra fecha, otro momento, otra crisis para tal vez, volverse a ver por un instante. Pero no fue así, no lo volvió a ver, se fue tal y como no lo había visto llegar hasta tal vez una próxima vez.

Ana era incapaz de comprenderse. Él formaba parte del tipo de hombres a los que nunca prestaría atención, aunque pensándolo bien, no había sido así. Ana volvió unos años atrás y pensó en Juan, quizás el último marinero español de quien de cierta manera se había encantado. Los encuentros que habían pasado juntos, habían sido más que fugaces bajo intensas conversaciones en las que Ana se había dejado embriagar y atrapar… curiosamente también él hacía análisis de riesgos en un banco.

Al salir de su trabajo no sintió tristeza, ni pena, sí una cierta liberación. A sus espaldas no llevaba una carga que cada vez era más pesada en muchos, y que solamente les “compensaba” ese maldito dinero. Se sentía libre, al mismo tiempo que una cierta nostalgia de los brazos de John, le ensombrecía sus ojos.

Había luna llena en París, una luna que aquella noche no podía dejar de mirar desde su pequeño apartamento. Ella sabía que John estaba en otro París, a él tocaba jugar un juego demasiado serio. De ese juego, Sarkozy y Merkel posiblemente jugaría la siguiente mano para que al final siempre pierdan los mismos.

Mientras Ana abandona la sala donde había reposado sus ideas en un sillón de cuero degustando un espléndido café entre ácido y amargo, piensa en ella, en el buen sabor de boca de los besos y de un buen café. No tiene mucho que decir, sí que pensar, sabe que no quiere ser marinera pero al mismo tiempo siente una gran necesidad de vivir.

Luna de París

Llevaba varios días esperando este momento, el dolor de la separación que Ana sentía horadando su alma, se iba desvaneciendo al mismo tiempo que, por la vida inherente de la ciudad, su vida, de nuevo, retomaba su camino.

Un sueño le había mostrado exactamente como era él. Tenía gravada en su cabeza exactamente su cara, su cuerpo y sin saber muy bien cómo, también su mente. Inconsciente, durante varios días lo había buscado y sabía que, cuando lo encontrase sería como si lo conociese de mucho tiempo.

Entró por la puerta cargando con una bolsa de viaje bajo el brazo, traía un pié en otro lado, y el otro, lo posaba muy levemente en diferentes lugares. Su origen, múltiples rincones del planeta, múltiples lenguas y mucha más inteligencia. Ana supo que era él, cuando encontró la mirada de unos ojos que la contemplaban como hacía mucho tiempo nadie le había mirado.

En un escaso lapso de tiempo, los dos se dieron cuenta de la confluencia de caminos por la que estaban pasando. Ambos estaban seguros que iba a ser algo más que un simple encuentro. Fue así, lo que les llevó a ponerse de acuerdo para volverse a encontrar, a la salida de su trabajo.

Y fue así como se presentaron, fue el momento de re-empezar su encuentro y de, durante varias horas llenas de plácidos y más que interesantes minutos, en los que los dos se enredaron en sus vidas.

El punto y seguido lo dieron un río de besos y abrazos. El desenlace se precipitó, sin hacer mucho caso a los deseos, para una despedida hasta la próxima vez. Dos vidas complicadas, de almas viajeras que durante varias horas se fundieron bajo la luna de París.

Desencuentro

En cualquier otra situación, a nadie le importaría el color de la cerveza, pero por lo pintoresco de la pareja, el camarero se permitió el lujo de bromear sobre la clara de ella y el monaco demandado; una pizca de humor frances que ni siquiera sirvió para romper el hielo del difícil momento.

Ana y Marco se iban a encontrar para reorientar o no sus rumbos en una misma dirección. Durante los tres días que ella esperó por la cita, Ana no había sido capaz de escudriñar el desenlace del encuentro. El beso que él le dio en los labios le hizo confundirse, al mismo tiempo que esperanzarse. Poco después, comprobaría que éste, sería el último beso. Había llegado el momento en el que las direcciones nunca encontradas y que, por cientos instantes, habían marchado en paralelo, se separaban para no encontrarse. Sigue leyendo

Eclipse lunar

Todos los momentos son únicos e irrepetibles, pero quizás la conjunción del planeta tierra y su satélite en un mismo plano, por un instante más que limitado y donde la oscuridad fue más que oscura, nos hace o no pensar en que el eclipse lunar ciertamente es un momento especial.

Durante toda la noche sus ojos incansables me persiguieron de un lado a otro, su mirada era más que salvaje, yo diría incontrolada y sin pudor. Lejos de intimidarme, la curiosidad me arrastraba a buscarle para que respondiese a alguno de mis por qués. En no mucho tiempo me dijo que no era todavía el momento para cenar, debía esperar a que pasase el eclipse lunar. Sigue leyendo